Ningún atardecer es inofensivo, lo que es bastante lógico, porque el sol, eso tan grande, no puede irse por gusto, no para nosotros los que nos sentamos a verlo desaparecer junto con algún pedazo de nuestro corazón. Nunca había estado tan sola y tan acompañada como aquella vez en Larcomar, y no sabría definir cuál de los dos extremos me dolía más.
Mis amigos, mis buenos amigos, hacían lo que podían; yo, con las lágrimas haciendo puenting y la voz apagada, me conformaba con tenerlos como el decorado caritativo del drama que por nada del mundo dejaría de ser tal.
Fátima, cambia esa carita de poto; sería mejor que hoy no te vistieras de negro, Fátima, si precisamente lo que no va a haber es entierro; ya falta muy poco para que regrese, Fátima; si has esperado hasta ahora, de hecho puedes con lo que falta, Fátima; Fátima, Fátima, Fátima, el llanto sofocado en tu garganta, Fátima, el día a día contigo y sin ti…
Era tanto lo que al parecer Fátima podía, que nadie iba a convencerme de que yo, una simple chica de diecisiete años irremediablemente enamorada, era ella. Yo no podía más. Quizá esa tal Fátima podía sonreír esa tarde del 14 de febrero, quizá ella podía hacer de su corazón solo un órgano, el corazón, el que bombea la sangre y punto-, quizá ella, pero yo tenía la imagen de mi novio clavada en el centro mismo o quizás era él.
Alzar los ojos y ver a tantos enamorados repitiéndose entre globos rojos en forma de corazón y florcitas de plástico y sonrisas congeladas al menos hasta que se acabe el día y puedan decirse nuevamente cállate que estoy viendo la tele o simplemente te odio, estúpido, congeladas y una sola cosa con el color rojo que parecía cubrir Larcomar como un manto de sangre artificial, alzar los ojos y ver todo ese triste espectáculo del amor comercial, decía, me confirmaba la cruel sentencia: estás lejos, del otro lado del mar, ¿llorando como yo?, ¿fabricando dramas como yo?, ¿luchando con los días para que estén llenos de algo más que amargura?, del otro lado del mar y no te importó, ni tan iguales, entonces, Larcomar desangrándose hasta que a mí también se me acabó la sangre del órgano más doloroso del cuerpo un catorce de febrero en el que aprendí a querer un poco menos.
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