A las personas, a todas, nos gusta amar y que nos amen y, casi tanto como eso, hablar sobre amor. Pero cuando hablamos no somos tan claros: es más sencillo tomar la mano de nuestra pareja que explicar por qué no podemos soltarla. Así, son tantos los que definen a este esquivo y universal sentimiento como un don divino como los que parecen adjudicarles el carácter de una maldición: el amor es vida y muerte, libertad y esclavitud, generosidad y egoísmo, cadena infinita de radicales opuestos. Después de tan ilustres comentaristas (desde Platón hasta Maitena, pasando por Leon Tolstoi y Oscar Wilde), la opinión de esta humilde redactora es obviamente prescindible. Coloco simplemente, en la intersección de esos dos polos que parecen encerrar al amor en la prisión de lo ininteligible, una serie de preguntas: ¿Cuándo esa experiencia sublime se convierte en un infierno consentido?, ¿deja de ser amor cuando nos duele?, ¿en qué se transforma?, ¿en qué nos transformamos nosotros? Pienso al formularlas sobre todo en aquellas personas que saben que la experiencia que viven con sus parejas es por lo menos nociva, pero, en lugar de cortar la relación, la prolongan hasta lo insostenible, cambiando la pregunta “¿cómo amarnos para siempre?” por la más práctica y arrastrada “¿con qué te puedo retener?”.
Mariana, de diecisiete años, dibuja ese cuadro con palabras directas: “Yo le había dado todo. Creía que él era el hombre de mi vida. Me gustó siempre, para mí era algo natural, me gustaba su voz, su forma de ser y obviamente que era churrísimo. Pero él me cortó después del año diciendo que lo nuestro no daba para más, que lo aburría. Me quería morir”. Que la relación no da para más es una respuesta sincera. Los jóvenes conocen mil maneras más hipócritas de decir lo mismo: “Necesito un tiempo para pensar”, “hay que darnos un descanso”, “he cambiado demasiado”, “las cosas no son como antes”, “quisiera amarte tanto como tú me amas”, que se sintetizan en la formulilla clásica “el problema no eres tú, soy yo”. De cualquier manera, lo importante es resaltar que el lógico punto final es, en cambio, el inicio de una agonía. Cuando le preguntamos a Mariana cómo reaccionó al recibir la noticia contestó “lloré y me deprimí muchísimo, lloré y lo abracé fuerte, para que sintiera todo lo que me dolía perderlo, y le decía que lo pensara bien, que nadie más lo iba a querer como yo”. Su novio se fue, pero ella siguió llorando día tras día, llanto intercalado por llamadas a su celular y mensajes de texto más o menos sobre lo mismo: te extraño.
Aceptemos que ese sufrimiento es un tipo de final, la contraparte de todo el placer que nos da haber amado. Aceptemos, desde un punto de vista más general, que no hay condición humana sin el sufrimiento. Pero nunca debemos aceptar que el mismo que decidió ese final con la frialdad de un asesino en serie regrese, al sentirse solo, a pedirnos más besos, abrazos y sus consecuencias lógicas, físicas. Porque por aceptarlo es que corremos como perritos falderos encontrados en la calle y, en nombre del amor y por el ardor de nuestra soledad, vivimos nuevamente “la vida”. “Al mes regresamos”, dice Mariana, “salíamos, nos divertíamos como antes, yo trataba de ser más comprensiva, ajustarme a lo que creía que le gustaba, para no volver a pasar el infierno de la ruptura, incluso supe que agarró con una amiga, pero no le dije nada, solo quería que durara”.
¿Por qué llegar al punto de rebajarlo todo, incluso algo tan palpable como los celos o la dignidad, por algo tan gaseoso como el amor?
En el fondo del problema, parece haber una cuestión de género y de los roles asignados a los géneros; parece haber, desde luego, un problema de conservadurismo, del famoso modelo mariano que las limeñas hemos heredado directamente de nuestras clases de religión. La mujer entrega (cuando recibe); el hombre, toma (cuando da). La mujer es pasiva; el hombre, activo. La mujer solo puede cruzar los dedos para que el hombre que la ha elegido como pareja se porte bien, sea bueno, esté a la altura de lo que la mujer piensa entregarle. El hombre, en cambio, debe probar, evaluar, tener muchas experiencias, sacar conclusiones. Darse un tiempo. Y, finalmente, señalar con el dedo a la afortunada que será la elegida para el final de la historia, el matrimonio, la coronación del modelo mariano conservador.
Dos modelos incompatibles: la mujer virgen y el hombre cazador. La que se aferra y el que deja. Dos modelos sostenidos por los medios de comunicación con tenacidad en telenovelas y comerciales de televisión. Dos modelos arcaicos, anacrónicos, pasados de moda: dos modelos de la era de nuestras abuelitas, pero que siguen incrustados en el fondo de nuestras conductas, en el resabio salado de nuestras lágrimas.
La solución, desde luego, no es la promiscuidad, “ser como los hombres”, porque no todas sentimos así, no todas necesitamos estar con cien para elegir uno. La solución pasa por arrancar la minusvaloración de la mujer implícita en este juego de roles. La mujer debe estar en condiciones de decidir siempre. Dejar de preocuparse por si es lo suficientemente valiosa para su pareja (hasta el punto de “aprender” a ver fútbol, ¡dios mío!). La mujer debe ser valiosa en general y para sí misma y esperar que los demás, en el inestable mercado de los afectos, sean capaces de ver esas cualidades. Incluso reclamar esa capacidad en los demás, que es exactamente el polo opuesto a la adaptación a la medida del cliente que hacemos para retenerlos a nuestro lado. Así, ya no deslumbradas por el objetivo del amor eterno en cuyo centro brilla una virgen inmaculada, estaremos alertas a los cambios en la relación y no nos disgustará saber que, en efecto, el amor, como todo, tiene un final, y que la experiencia también ha sido nuestra y no solo de un otro. Que podemos contar la historia también de nuestro lado de la línea y colocar el punto final nosotras, porque el valor está precisamente en nostras y no en ese supuesto único hombre. En suma, cambiar la pregunta “¿Con qué te puedo retener?” por “¿Por qué te debería retener, si tal como te presentas pareces no reconocer lo buena que soy?”.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Atardecer, 14 de febrero
Ningún atardecer es inofensivo, lo que es bastante lógico, porque el sol, eso tan grande, no puede irse por gusto, no para nosotros los que nos sentamos a verlo desaparecer junto con algún pedazo de nuestro corazón. Nunca había estado tan sola y tan acompañada como aquella vez en Larcomar, y no sabría definir cuál de los dos extremos me dolía más.
Mis amigos, mis buenos amigos, hacían lo que podían; yo, con las lágrimas haciendo puenting y la voz apagada, me conformaba con tenerlos como el decorado caritativo del drama que por nada del mundo dejaría de ser tal.
Fátima, cambia esa carita de poto; sería mejor que hoy no te vistieras de negro, Fátima, si precisamente lo que no va a haber es entierro; ya falta muy poco para que regrese, Fátima; si has esperado hasta ahora, de hecho puedes con lo que falta, Fátima; Fátima, Fátima, Fátima, el llanto sofocado en tu garganta, Fátima, el día a día contigo y sin ti…
Era tanto lo que al parecer Fátima podía, que nadie iba a convencerme de que yo, una simple chica de diecisiete años irremediablemente enamorada, era ella. Yo no podía más. Quizá esa tal Fátima podía sonreír esa tarde del 14 de febrero, quizá ella podía hacer de su corazón solo un órgano, el corazón, el que bombea la sangre y punto-, quizá ella, pero yo tenía la imagen de mi novio clavada en el centro mismo o quizás era él.
Alzar los ojos y ver a tantos enamorados repitiéndose entre globos rojos en forma de corazón y florcitas de plástico y sonrisas congeladas al menos hasta que se acabe el día y puedan decirse nuevamente cállate que estoy viendo la tele o simplemente te odio, estúpido, congeladas y una sola cosa con el color rojo que parecía cubrir Larcomar como un manto de sangre artificial, alzar los ojos y ver todo ese triste espectáculo del amor comercial, decía, me confirmaba la cruel sentencia: estás lejos, del otro lado del mar, ¿llorando como yo?, ¿fabricando dramas como yo?, ¿luchando con los días para que estén llenos de algo más que amargura?, del otro lado del mar y no te importó, ni tan iguales, entonces, Larcomar desangrándose hasta que a mí también se me acabó la sangre del órgano más doloroso del cuerpo un catorce de febrero en el que aprendí a querer un poco menos.
Mis amigos, mis buenos amigos, hacían lo que podían; yo, con las lágrimas haciendo puenting y la voz apagada, me conformaba con tenerlos como el decorado caritativo del drama que por nada del mundo dejaría de ser tal.
Fátima, cambia esa carita de poto; sería mejor que hoy no te vistieras de negro, Fátima, si precisamente lo que no va a haber es entierro; ya falta muy poco para que regrese, Fátima; si has esperado hasta ahora, de hecho puedes con lo que falta, Fátima; Fátima, Fátima, Fátima, el llanto sofocado en tu garganta, Fátima, el día a día contigo y sin ti…
Era tanto lo que al parecer Fátima podía, que nadie iba a convencerme de que yo, una simple chica de diecisiete años irremediablemente enamorada, era ella. Yo no podía más. Quizá esa tal Fátima podía sonreír esa tarde del 14 de febrero, quizá ella podía hacer de su corazón solo un órgano, el corazón, el que bombea la sangre y punto-, quizá ella, pero yo tenía la imagen de mi novio clavada en el centro mismo o quizás era él.
Alzar los ojos y ver a tantos enamorados repitiéndose entre globos rojos en forma de corazón y florcitas de plástico y sonrisas congeladas al menos hasta que se acabe el día y puedan decirse nuevamente cállate que estoy viendo la tele o simplemente te odio, estúpido, congeladas y una sola cosa con el color rojo que parecía cubrir Larcomar como un manto de sangre artificial, alzar los ojos y ver todo ese triste espectáculo del amor comercial, decía, me confirmaba la cruel sentencia: estás lejos, del otro lado del mar, ¿llorando como yo?, ¿fabricando dramas como yo?, ¿luchando con los días para que estén llenos de algo más que amargura?, del otro lado del mar y no te importó, ni tan iguales, entonces, Larcomar desangrándose hasta que a mí también se me acabó la sangre del órgano más doloroso del cuerpo un catorce de febrero en el que aprendí a querer un poco menos.
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